El piso es firme, la casa no
El Perú tiene anclas que aguantan lo que la política sacude. El error es confundir esas anclas con bienestar. La estabilidad es el suelo desde el que se construye, no la prueba de que ya se construyó.
Por Qhawaq

Hay una frase que se repite cada vez que el ruido político sube de volumen: "lo raro es que la economía no se cae". La digo yo también, porque es cierta. Pero conviene mirarla de cerca, porque esconde dos verdades que casi nunca se nombran juntas.
La primera es que sí, hay algo que aguanta. Y aguanta de verdad.
El Perú cierra con una deuda pública cercana al 30% del PBI, mientras la región promedia más del 70% (FMI, vía RPP). El Banco Central acumula reservas internacionales por encima de los US$98,000 millones, alrededor del 28% del producto, el mayor colchón relativo de América Latina (BCRP). El sol es casi la única moneda de la región que sigue de pie frente al dólar desde el año 2000, y la inflación volvió a su rango meta, en torno al 4%, en un vecindario donde Argentina convive con cifras de otra escala (BCRP). Y la pobreza monetaria, que en 2004 alcanzaba al 58.7% de los peruanos, hoy afecta al 25.7% (INEI, vía El Peruano).
Quiero ser claro con esto, porque la tentación es restarle valor: no es poca cosa. Es, probablemente, el activo más importante que tiene el país. Y conviene decir de quién es ese mérito. No del gobierno de turno, ni del anterior, ni del que venga. Es mérito de un arreglo institucional que sobrevivió a vacancias, a presidentes presos, a congresos que cambian las reglas a su antojo. Un Banco Central técnico, una regla fiscal que aguantó incluso cuando la rompieron a empujones, una autonomía que ningún caudillo logró capturar del todo. Esas anclas son lo que separa al Perú del desorden que lo rodea.
Aquí viene la segunda verdad, la incómoda.
Esa estabilidad no baja. No llega al bolsillo del que paga cupo para que su combi salga del paradero, ni al consultorio donde no está la medicina recetada. Las denuncias por extorsión llegaron a un récord de 28,948 el año pasado, cinco veces más que cinco años atrás (AP). Uno de cada cuatro peruanos urbanos fue víctima de un delito, y más de ocho de cada diez vive con miedo de serlo (INEI). El 34.9% de los niños de 6 a 35 meses sigue con anemia (INEI). El déficit de vivienda bordea los 1.9 millones de unidades (CAPECO). Y la Defensoría del Pueblo sigue documentando hospitales públicos con uno de cada tres medicamentos por debajo de dos meses de stock (Defensoría del Pueblo).
Pongo las dos columnas una al lado de la otra a propósito, porque viven en el mismo país, en el mismo año. Reservas de récord y anemia de un tercio de los niños. Riesgo país bajo y miedo a salir de casa en ocho de cada diez personas. No es contradicción: es la distancia entre lo que se mide en una mesa de operaciones financieras y lo que se vive en una esquina.
El error, el que se comete a izquierda y a derecha, es leer la primera columna y declarar que el país "va bien". La macro estable no es bienestar. Es la ausencia de una catástrofe, que no es lo mismo. Es el piso firme de una casa donde todavía faltan paredes. Un país puede tener un suelo de concreto impecable y, encima, gente que no come hierro suficiente, que paga extorsión para trabajar, que no consigue su medicina. El suelo no la alimenta. Solo evita que todo se hunda mientras se decide qué construir.
Y ahí está lo que me preocupa de verdad. Ese piso firme no es ley de la naturaleza. Es el resultado de instituciones que la política lleva años tentando: cada intento de meter mano en el Banco Central, cada gasto aprobado sin financiamiento, cada regla fiscal estirada "por esta vez", es una grieta en el ancla. Lo que aguanta, aguanta porque alguien lo defendió. Si se gasta ese capital, no queda ni el piso.
La pregunta honesta no es si la economía va bien. Va estable, que es distinto y es valioso. La pregunta es por qué, con el mejor colchón de la región, seguimos sin convertir esa estabilidad en seguridad, en salud, en techo. La estabilidad compró tiempo. El tiempo se está usando para discutir todo menos eso.
Es una lectura, no la verdad. Pero los números están a la vista, y apuntan al mismo lugar: tenemos el piso. Falta la casa.