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21 jul 20263 min de lectura#opinion#salud#congreso#gobernabilidad

Cadáveres que se pudren: el colapso silencioso del sistema hospitalario público

Tres hospitales públicos no pueden mantener sus cámaras frigoríficas mientras el Congreso se asigna más de S/900 millones en planillas. La descomposición de los cuerpos no es un accidente: es la fotografía de un Estado que prioriza el gasto político sobre la dignidad sanitaria.

Por Qhawaq

Portada: Cadáveres que se pudren: el colapso silencioso del sistema hospitalario público

El cadáver envuelto en una frazada, tendido sobre una camilla en el patio de un hospital, no es una imagen de guerra ni de una zona de desastre natural. Es la morgue del Hospital Nacional Sergio E. Bernales, en Comas, a pocos metros del centro quirúrgico donde se atiende a recién nacidos y adultos mayores. Las cuatro cámaras frigoríficas del mortuorio estaban inoperativas. Ninguna funcionaba. Diario Correo

La morgue como espejo del abandono institucional

Que un hospital público no pueda refrigerar los cuerpos de sus fallecidos no es un hecho aislado ni una falla técnica menor: es el síntoma más descarnado de un sistema de salud que ha abandonado la gestión básica. La misma semana, el programa Panorama documentó una escena casi idéntica en el Hospital de Collique, también en Comas, con cadáveres fuera de las cámaras frigoríficas y el mismo director, Óscar Uchuya Maurtua, afirmando que los equipos funcionaban sin permitir que el equipo periodístico lo verificara. Panamericana

Pero el patrón no se limita a Lima. La Contraloría General de la República detectó en julio de 2025 que las dos cámaras frigoríficas de la morgue del Hospital Regional Hipólito Unanue de Tacna llevaban siete años sin funcionar, desde 2018. Sin necropsias, sin conservación adecuada, con el olor a descomposición filtrándose hasta la oficina de la Dirección Ejecutiva del hospital cada primavera. Contraloría

Tres hospitales, tres morgues colapsadas, cero respuestas institucionales que hayan impedido la repetición del escenario.

El presupuesto que sí alcanza

Mientras los cuerpos se descomponen por falta de un equipo de refrigeración, el Congreso de la República gastó S/906 millones en planillas durante 2025, el doble que en 2021 (La República). La comparación no es un golpe de efecto: es una jerarquía de prioridades. Reparar y mantener las cámaras frigoríficas de una morgue cuesta una fracción de lo que el Parlamento destina a los bonos de su propio personal. El problema nunca fue la falta de plata; fue en qué se decide gastarla.

La gestión que no existe

El director del Hospital Sergio Bernales declaró que desconocía la situación y anunció una investigación interna. El director del Hospital de Collique, el mismo funcionario, dijo lo mismo. En Tacna, la Contraloría emitió su informe en 2025 y las cámaras frigoríficas siguen igual. Siete años sin que nadie en la cadena de mando del MINSA, del gobierno regional o de la dirección del hospital haya resuelto un problema de mantenimiento que cualquier técnico en refrigeración podría diagnosticar en una mañana.

No se trata de falta de recursos: el presupuesto del sector Salud para 2026 asciende a unos S/15,050 millones, por encima del asignado en 2025 (Minsa). El Programa Nacional de Inversiones en Salud (Pronis) ejecutó más de S/313 millones solo en el primer trimestre de 2025 en infraestructura hospitalaria (Andina)

Se trata de prioridades. Un Estado que construye hospitales pero no les da mantenimiento está condenado a verlos deteriorarse. Y un Estado que permite que sus muertos se pudran en el patio de un hospital ha extraviado por completo el sentido de lo público.

Lo que esto significa para el ciudadano

El ciudadano que pierde a un familiar en un hospital del MINSA no solo enfrenta el duelo: enfrenta la indignidad de saber que el cuerpo de su ser querido estuvo días descomponiéndose sobre una camilla, envuelto en una frazada, porque el Estado no fue capaz de mantener encendido un frigorífico. Ese mismo ciudadano financia con sus impuestos los S/906 millones que el Congreso gasta en sus propias planillas. La desproporción no es un dato contable: es una afrenta moral.

Cuando un sistema de salud pública no puede garantizar ni el manejo digno de sus fallecidos, la pregunta obligada es qué más no puede garantizar. Y la respuesta, desafortunadamente, la conocen quienes hacen cola de madrugada por una cita, quienes esperan meses por una cirugía o quienes pierden a un familiar en una camilla de emergencia sin que haya un médico disponible. La morgue no es el final del problema: es su reflejo más nítido.

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