El crudo despertar: la escalada entre EE.UU. e Irán y el primer riesgo externo para el nuevo gobierno
El crudo trepa cerca de US$97 por barril y el Estrecho de Ormuz sigue bajo bloqueo tras la escalada entre EE.UU. e Irán. Perú importa el grueso de sus combustibles y su fondo de estabilización arrastra S/1,000 millones en deuda: el nuevo gobierno hereda un choque externo que no provocó.
Por Qhawaq

El detonante: muertes, amenazas y un estrecho bajo bloqueo
La escalada entre Estados Unidos e Irán dejó de ser un conflicto lejano para volverse un problema de precios. El fin de semana murieron tres soldados estadounidenses, dos en ataques iraníes contra posiciones en Jordania y uno en Irak, y el lunes 20 de julio el presidente Donald Trump advirtió que Irán pagaría «muchas veces más» por cada militar estadounidense muerto, según Andina. La reacción del mercado petrolero fue inmediata y sostenida.
El precio del crudo acumula un alza de casi 34% desde que empezó la guerra en Irán. Al cierre de la semana pasada, el Brent, referencia para buena parte de las importaciones peruanas, quedó en US$96,78 por barril tras ceder 3,88% el viernes, después de haber escalado cerca de los US$100 en sesiones previas, según EFE y EFE. El WTI terminó la semana con una subida del 8%, cerca de los US$90, de acuerdo con EFE.
El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del crudo mundial, sigue prácticamente paralizado. Aunque Trump ordenó el viernes una pausa en los bombardeos para abrir una vía diplomática, el bloqueo naval estadounidense sobre Irán permanece «en pleno efecto»: el Comando Central de EE.UU. informó que desvió una docena de buques comerciales que intentaban llegar al país persa, según EFE. La tregua es frágil y el mercado lo sabe: cualquier reversión vuelve a tensar el precio.
Perú, importador neto sin margen para amortiguar
El Perú no produce ni la sexta parte del petróleo que consume. En 2025 la producción nacional promedió 44.150 barriles diarios, frente a una demanda que supera los 300.000 barriles por día, según Buenapepa. La diferencia se cubre importando: solo el petróleo crudo le costó al país US$3.922 millones en 2024, según los registros de aduanas recopilados por Datasur, y a esa factura se suman miles de millones más en derivados como diésel, gasolinas y destilados.
Cada dólar que sube el barril funciona como un impuesto externo que el país no controla y que se traslada en cadena a transporte, alimentos y costos industriales. Según el INEI, Estados Unidos es el principal proveedor de combustibles del Perú: aporta el 100% del diésel B5 importado, más de la mitad del diésel B2 y también gas licuado de petróleo, como recoge Jornada. El mismo país cuyo presidente aviva la confrontación en Medio Oriente es el que despacha buena parte del combustible que mueve los camiones, los buses y las cocinas peruanas.
El fondo que ya no amortigua
El Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (FEPC), creado para contener la volatilidad del crudo en el mercado interno, llega a esta coyuntura muy debilitado. En marzo de 2026, el Ministerio de Energía y Minas reconoció una deuda cercana a los S/1.000 millones con privados, agravada por la salida de Petro-Perú y Repsol del mecanismo, según El Comercio. El propio ministro Ángelo Alfaro admitió entonces que el barril había saltado «de alrededor de 70 a más de 100 dólares» por el conflicto en Medio Oriente.
Con el FEPC endeudado y en plena reestructuración, el margen del Estado para contener una nueva escalada de precios es estrecho. Cada ajuste del crudo puede trasladarse más rápido y con más fuerza al surtidor.
Lo que llega al bolsillo
El gobierno que asume el 28 de julio se estrena con un choque externo que no provocó pero que deberá gestionar desde el primer día. La gasolina y el diésel más caros encarecen los pasajes, los fletes, los alimentos y los insumos agrícolas. Los más de 350.000 vehículos que operan con gas natural vehicular ofrecen un alivio parcial, pero la matriz energética peruana sigue atada al petróleo importado. No es un problema de voluntad política: es una vulnerabilidad estructural que ninguna administración resolvió y que hoy, con el crudo tensionado y Medio Oriente en vilo, se paga en el precio de cada galón y en el pasaje de cada día.